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sábado, 4 de octubre de 2014

CERRANDO VIEJAS HERIDAS, ABRIENDO NUEVOS CAMINOS

Escrito por Maria Bautista
Hoy ha sido un día largo y agotador, como tantos otros, pero al fín llego a casa, abro la puerta y entro. La rojiza luz del atardecer penetra por los amplios ventanales y confiere al ambiente del piso una cálida y agradable tranquilidad. El dolor de cabeza que ha estado torturándome durante todo el día persiste, siento fatiga y me zumban los oídos. Cierro la puerta, me dirijo al lavabo, abro el botiquín y cojo de un frasco de cristal una pastilla que trago con asco. Luego me desvisto sin prisa, entro en la ducha y giro el grifo. Allí permanezco, bajo el agua caliente, envuelta en una espesa nube de vaho hasta que suena el teléfono y salgo precipitadamente de la ducha, pero cuelgan antes de que pueda llegar al aparato. Entonces me acerco a la ventana y dejo que los últimos rayos de sol sequen mi pelo; extiendo los brazos y bailo sin música. Después me siento en el suelo, cierro los ojos y trato de retener en mi recuerdo la imagen de la habitación, pero se vuelve cada vez más borrosa. Una grata sensación de abandono me embarga hasta el punto de dejarme arrastrar por el sueño, un plácido sueño que no acaba de llegar...

Mis pensamientos se agarran a una escena que pasó hace tiempo, mucho tiempo pero aún hoy puedo recordarla como si hubiera ocurrido ayer... ¿En qué parada de metro nos conocimos? En Universitat... o ¿fue en Passeig de Gràcia? No, fue en Universitat, línea roja. Yo me dirigía a la facultad, tú no sé dónde. Nos miramos y nos sonreímos, y ya en el cruce, cuando esperábamos a que el semáforo se pusiera en verde, me dijiste algo que no pude escuchar por el ruido de los coches que pasaban. Así que te lo hice repetir, y te dije que resultaba extraño encontrar a alguien dispuesto a perder un segundo de su preciado tiempo por sonreír a una desconocida... Bueno no éramos exactamente desconocidos, aunque pensándolo bien si que lo éramos. Yo no sabía nada de ti. Pero en cierta manera tú sí que sabías algo de mí. Yo no creía en las casualidades.

Entonces nada me pareció más importante que tu sonrisa. El corazón me dio un vuelco, sabía que estabas detrás mío, casi podía notar tu aliento en mi nuca. Me sentí admirada y dichosa y no quise fingir que tenía prisa. ¡Cuántos ángeles pasaron entre nosotros!. Te pregunté si habías sentido pánico alguna vez de perder lo que todavía no tenías? Y me respondiste que posiblemente sí, que eso mismo te pasó cuando viste que me alejaba y no hacías nada por impedirlo... De alguna manera supe a lo que te referías. Lo cierto es que algunas personas se pasan la vida esperando a que les llegue un momento así y cuando eso ocurre parece como si el mundo se detuviera en ese preciso instante, como si tan sólo existiera ese momento especial, la persona esperada y el que espera. Luego se mueren de miedo ante la posibilidad de perderla para siempre.
Por mucho que quisiera no podría adivinar cuántas veces el semáforo cambió de color aquel día... Perdimos la noción del tiempo y acabamos tomando un café al otro lado de la calle. Durante varios segundos una extraña sensación invadió todo mi cuerpo y me dejé llevar por tu sonrisa y el sonido de tu voz... Sin darme cuenta abandoné mi camino para recorrer el tuyo. No recuerdo exactamente qué hicimos esa semana, ni la siguiente... pero si sé que nos lo pasábamos bien juntos sobre todo riéndonos de la gente que paseaba a nuestro alrededor, imaginando cómo serían sus vidas...y si algo no nos gustaba, lo reinventabamos. A veces dejabamos que la lluvia nos mojara mientras corriamos a refugiarnos en algún portal... Fue allí, en uno de aquellos portales, donde por primera vez me soltaste un  “te quiero” que, además de empapada, me dejó paralizada. No fui capaz de soportar el peso de tu mirada y bajé la mía temblando ante lo inminente. Un hormigueo se apoderó de mi estómago y ,de nuevo, me susurraste al oído algo que ya no pudé entender porque tus labios se encontraron con los míos.

Los meses siguientes se fueron esfumando con la misma velocidad con la que habían llegado... De ellos, mi memoria no pudo retener más que fragmentos, solo fragmentos: las olas chocando contra las rocas, el viento agitando las copas de los árboles, tú robándome un poco de amor y yo robándote un poco de soledad... Luego llegaron los días grises, los encuentros ocasionales, las noches frías y sin rumbo fijo durante las cuales recorrimos casi todos los pubs del Barrio Gótico, cuando no, los mismos lugares de siempre donde se reunía la misma gente de siempre compartiendo la misma rutina de siempre... hasta que una noche alguien, que solía moverse por el Bronx, se nos acercó y nos contó, entre alcohol y humo, que era un adicto a las “golosinas”. Y yo pensé “Sí ¿y qué? A mí me apasionan los churros con chocolate y la coca-cola light y sin embargo no voy por ahí soltándoselo a desconocidos a la más mínima oportunidad”. Claro que entonces yo no sabía que aquel tío solía llamar “golosinas” al éxtasis. Era capaz de encerrarse en su piso con un montón de esas “golosinas”, poner la música a tope y pasarse allí días enteros sin salir al mundo exterior.

Me asustó la expresión de tu cara cuando alargó su mano para ofrecerte la oportunidad de experimentar nuevas sensaciones...Por un momento dudaste y luego me miraste a los ojos como esperando encontrar en ellos un gesto de complicidad que nunca llegó. Después te llevaste la mano a la boca y tragaste dos de aquellas pastillas. En aquel momento supe que ya nada sería como antes.

Al principio comenzaste pillando los fines de semana. Según tú te ayudaban a relajarte... Muchas veces quise decirte algo que te hiciera recapacitar y dejarlo a tiempo pero creo que, como siempre, llegué tarde, demasiado tarde. A los fines de semana se le sumaron los lunes, los miércoles y los viernes y cuando quisiste darte cuenta ya no podías vivir sin ellas.
A partir de aquel momento, las únicas cosas que conseguí de ti fueron gestos y caras de disgusto cuando no te gustaba lo que oías o no conseguías lo que querías. En cuestión de pocas semanas te convertiste en un ser egoísta y frío. A veces tu silencio me dañaba y no podía hacer nada para evitarlo. Muchas noches me quedaba despierta y te imaginaba subiendo a un expreso cuyo destino no tenía final. Poco importaba ya lo que yo pudiera hacer, incluso aunque adivinase lo que escondías tú te empeñarías en tergiversar mis palabras. En ese momento comencé a darme cuenta de que siempre fue así, de que nunca te importó lo que yo pensara. Intenté recordar lo que había sido relevante para ti: tu obsesión por alcanzar lo que jamás habías tenido y tu temor de perder lo que ya tenías y lo que no. Tal vez por eso te precipitaste y, sin pedirme permiso para hacerlo, pusiste condiciones a nuestra relación antes de esperar a que funcionase. Tú tomaste la iniciativa y, esta vez, yo no quise entrar en el juego... Lo que no se dobló, terminó por romperse. A medida que iban pasando los días me daba más miedo quererte, comenzaba a sentirme cansada, cansada de sentirme amenazada por el fantasma de la incomprensión, cansada de tanta oscuridad. En mi interior, una voz, casi imperceptible, me decía que ya era hora de tomar una decisión.

No fue fácil alejarme de tu lado como tampoco lo fue olvidar el poco tiempo que compartimos juntos mucho antes de que todo se nos escapara de las manos, o mejor dicho, antes de que todo se te escapara de las manos. Las primeras semanas fui incapaz de evitar que las lágrimas rodaran por mis mejillas incontrolablemente. Me pasaban los días, uno tras otro, pegada al teléfono, esperando una llamada tuya, tan solo una, pidiéndome que volviera contigo de nuevo...  Pero en el fondo algo me decía que nunca lo harías y continué ahogando mis penas en lágrimas y más lágrimas mientras mis amigos me decían, a modo de consuelo, que el tiempo lo curaría todo... Lo  que ellos no sabían es que en realidad, conforme pasaban los días, el dolor se iba haciendo más grande y fuerte. Pasados los meses, la herida seguía estando ahí, en lo más profundo del corazón y, con ella, el recuerdo del golpe que la originó... El tiempo era como un semidios con el que no se podía razonar y ante mi impaciencia respondía con la velocidad de un caracol.

Durante seis largos meses nos mantuvimos alejados completamente... y una noche recibí una llamada tuya, aquella llamada por la que tantas lágrimas había derramado... hasta quedarme seca. Por unos momentos, casi me hiciste dudar y por unos momentos casi estuve a punto de perderle a él. Sí, porque en esos meses, el destino puso ante mí a una persona maravillosa. Mi primer encuentro con él no fue tan espectacular como lo fue el nuestro pero su presencia me otorgó la fuerza suficiente para darme cuenta de que ya no sentía necesidad de saber de ti. Aún hoy, casi dos años después, sigo sintiendo esa misma fuerza en su mirada, limpia y sincera. En ella he encontrado todo aquello que no pude ver en la tuya: comprensión, ternura, complicidad y mucho más. Poco a poco, él ha sabido ganarse mi corazón con paciencia y yo he aprendido a quererle como se merece. Algo me dice que él es esa persona esperada, esa persona con quien compartir más que una alcoba y un par de buenos días, esa persona con la que no me importaría llegar al final de mi viaje. No tengo nada que perder excepto el tiempo y esta vez tengo todo el tiempo del mundo para no llegar tarde. Cuando vuelva a llover sobre mojado y nadie se atreva a decir qué pasará mañana, yo estaré allí para hacerlo. Porque mañana él y yo estaremos aquí, o quizá no, pero en cualquier caso seguiremos estando entrelazados para toda la eternidad, porque hemos reído y llorado juntos, y luchado con sinceridad y arrojo por la dicha compartida.


En el fondo, mis amigos tenían razón, el tiempo siempre termina curándolo todo...,y con el tiempo tu silencio dejó de hacerme daño.

3 comentarios:

  1. Interesante gracias por compartirlo ok kisses

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  2. Efectivamente, el tiempo lo cura todo, aunque tengan pasar años...
    Dura pero Gran historia.

    Saludos

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