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martes, 25 de noviembre de 2014

Princesas



Me levanté espesa como el día: en el cuarto de baño me enfadé con el espejo mentiroso...



(Notas para una futura revisión de los cuentos clásicos: Blancanieves, despechada por un príncipe que al fin y al cabo resulta tan poco extraordinario como el más ordinario de los varones, sufre una crisis de ansiedad que le lleva a comer compulsivamente. Gorda y deprimida, sumida en la soledad de un palacio hostil por el que deambula  recordando tiempos mejores de enanitos y espejos mágicos, envejece en silencio entre las piedras del castillo. Víctima de una intoxicación transgénica tratada con pesticidas, muere olvidada de todos. A su tumba de cristal, en el bosque, sólo se acercan los animales; de vez en cuando un cazador despistado que, al contemplar el rostro sin su antigua belleza, se aleja apresuradamente. No habrá besos. Nadie va a resucitarla.)

Me levanté –aún conservo ese regusto amargo en el paladar- con mal sabor de boca. La noche anterior había roto con Luis. En realidad, no lo pretendía, sólo quería provocarle, hacer algo, no sé: algo como pedirle la chaqueta en pleno chaparrón o llevarle hasta el borde de un abismo para preguntarle entonces si sería capaz de saltar si yo se lo pidiera. No sé, quizá se me fue de la mano. Cenábamos en ese chino tan barato que tanto le gustaba –cuando invitaba él- y, como jugando, comencé a decir estupideces impropias de quien siempre las escuchó avergonzada: “No te merezco, tú te mereces algo mejor”, “no te preocupes, encontrarás a otra que te comprenda”... El muy idiota, yo sólo quería provocarle. Se levantó, dijo que lo entendía, pagó la cuenta y se fue. Me dejó con el rollo de primavera en la boca. Esa noche descubrí el sake; luego, el licor de lagarto; después, ni me acuerdo. La mañana siguiente resultó ser uno de esos días de principios de septiembre en los que toda la luz y el calor de las vacaciones se extingue por decreto. Una mañana gris, sucia, brusco anticipo del otoño, pero sin chimenea, sin castañas y sin melancolía. Uno de esos días, en fin, en que los seres humanos parecen condenados a no encontrar jamás felicidad sobre la tierra.


Hoy todavía asocio el nombre de Luis con la resaca y el tedio de los domingos. Debía ser mediodía. Ceniza tras la ventana. No podría afirmarlo con seguridad, pero puede que lloviera. En el salón, en penumbra, mi madre sollozaba frente al televisor. Me senté aturdida en el sofá. No me extrañó la hora, ni siquiera las lágrimas; me extrañó el silencio, un silencio inusual, como de despedida. En la pantalla, una muchedumbre perfectamente alineada contemplaba el paso de una pobre princesa inglesa; en una carroza tirada por caballos, en su ataúd cubierto de flores, la princesa iba camino del cementerio. Detrás, sus hijos, los hombres de la familia, con su dolor de estatua. Recordé de golpe la noticia: la joven y guapa princesa muerta al intentar escapar de sí misma, agonizando entre flashes, la futura reina que no renunció a ser amada. Por entonces  yo tenía problemas más importantes. Con un gesto de indiferencia me levanté y besé a la abuela, limpié sus ojos empañados y sin vida. La abuela... Llegó a los noventa lúcida y serena, igual que esos árboles centenarios que al final de los caminos se mantienen erguidos sobre su propio llanto. En unos meses pasó de no recordar dónde había dejado su cuchara a no saber cómo utilizarla. Después, el miedo, la locura y, por fin, este sueño de pupilas insomnes del que ya no va a despertar nunca. Bella durmiente de un reino que desapareció, mi abuela me enseñó un par de cosas imprescindibles: que no hay sacrificio que no sea callado; que la vida es el tiempo fugaz que transcurre entre el recuerdo y la espera, un tiempo en el que es posible encontrar un destello, un instante que justifique nuestra existencia. A todas las personas les concede el destino una pequeña gloria, un año, un minuto acaso..., eso decía. Superviviente a su pesar de toda una generación de mujeres a las que arrebataron un sueño, derrotadas, viudas sin honores o medallas, estrujó su corazón como un mocho arrugado hasta que lo dejó seco de lágrimas, las pocas que le quedaron las enjugaba cantando, Ay pena, penita, pena... Vendiendo churros de madrugada por las calles de Madrid a los señoritos que salían de las salas de fiesta; ofreciendo flores para sus queridas de abrigos de piel; limpiando retretes y los ministerios de los vencedores... tantas mujeres que sólo se inclinaron ante la edad y el alzheimer, esa otra muerte que es doble porque las mata dos veces: borra su imagen y su memoria. Las últimas que quedan languidecen en silencio; presencia incómoda, políticamente incorrecta en un país que se levantó confuso de una siesta que duró cuarenta años, con legañas en los ojos y el recuerdo. Sequé sus ojos extraviados e intenté en vano hallar un rastro de luz y vida, algo como un remoto vestigio de revoluciones y banderas, el eco de aquel fogonazo que alumbró sus años de gloria. Nada. No queda nada. Dónde irá lo claro cuando apaguemos la luz... Qué inmenso agujero negro absorbe tantas ilusiones, tantas energías gastadas, tanto amor.

Un nuevo sollozo de mi madre me sacó del ensimismamiento. La pobre princesa rota seguía siendo paseada por las calles de Londres mientras se intercalaban imágenes de su boda y del nacimiento de sus hijos, sus apariciones públicas, su trágico final. Definitivamente, pensé, ni muerta se libró de su personaje. Los caballos arrastraban el ataúd ceremoniosamente entre mensajes publicitarios de compresas con alas y almohadones cervicales; amas de casa liberadas por fantásticos electrodomésticos, detergentes ultrarrápidos y jabones dermatológicamente testados. Y, por encima de todo, voces desenfadadas presentando a la mujer dinámica y actual, “mujer que vive con su tiempo”, como si realmente fuese posible elegirlo; como si hubiese otro. “¿ Cómo se puede soportar tanta hipocresía?”

Mi madre y yo teníamos  una relación especial: ambas habíamos prescindido de la amabilidad y el buen trato. Me miró. Guardó el pañuelo en la manga de la bata haciendo con él un ovillo y dijo con aparente desgana: “ No tienes sentimientos. Pareces hecha de piedra. ¿Eres mujer y no te da pena la historia de esta pobre chica, todo lo que ha pasado? Eres igual que tu padre”.

Concluyó con la frase que sabía que más daño me podía hacer. Nadie puede hacer más daño a una hija que su propia madre. Por aquella época nuestra involuntaria crueldad llegó al límite de lo soportable. Me echaba en cara mi forma de vestir, mis novios y el desenfreno sexual que según ella me delataba – “date a valer”,  decía -. Se avergonzaba de mi triste trabajo en una academia, mal pagado e inferior a mis posibilidades – “No te pagamos una carrera para eso” -. A veces tenía la sensación de que le molestaba hasta mi presencia. Yo me defendía atacando. Me reía de esas revistas de gente famosa y guapa que leía hasta la madrugada con la fruición del masoquista que se deleita contemplando todo aquello que jamás podrá tener. Entre sus extrañas aficiones estaba la de coleccionar revistas con casas de ensueño, casas sin niños y libros carísimos de arte colocados geométricamente sobre la mesa de un salón. Mi madre... Pasaba las noches pegada a una radio escuchando programas de confesiones y confidencias, programas para solitarios donde voces sin rostro prometen complicidad y compañía. Mi madre... Cosiendo a todas horas en un sillón bajo la luz mortecina, con su dedal y sus gafas, como si a cada puntada pretendiera remendar los jirones de su alma.

Entre su boda y la guerra, mi abuela tuvo su destello de gloria. Yo espero  el mío. Mi madre, como todas, debió de tener el suyo, pero no lo recuerda. Nació en plena guerra, en un Madrid sitiado una noche de bombas y oscuridad, mientras su padre luchaba por ella en el frente. Hija del amor libre y la hermandad universal, vive atormentada por la imagen de un hombre detrás de una reja, el rostro amoratado por los golpes. Su desgarrado grito de niña retumbó en aquella cárcel y sigue retumbando en su memoria; la niña no volvió a ver a su padre. A esa niña que es mi madre la despertaron violentamente del cuento...

(Notas para una futura revisión...: cuando Alicia despertó tuvo la primera regla. La sangre manchó el País de las Maravillas, tiñó de rojo el sueño. Cuando Alicia despertó estaba en un mundo de hombres. Hombres con mil ojos que no paraban de mirar y sonreír, que la vistieron y la enseñaron su papel y su destino: niña monja, niña santa, niña puta, niña madre, niña cuerpo y niña naturaleza. Buscó desesperadamente a la reina del sueño, algún naipe femenino que la comprendiese y la ayudara, pero en la vida real las reinas ocultaban los corazones. Cuando Alicia despertó, sólo quiso volver a dormir, incapaz de soportar tanta vida y realidad.)



Puede que fuera por Luis y por la noche anterior, o por aquel mal sabor de boca y el regusto del sake y ese licor verdoso donde yacía un lagarto como un engendro imposible conservado en formol; quizá influyó su referencia sobre mi padre... el caso es que saqué todos mis demonios y la grité con todas mis fuerzas, como nunca antes: “¿Pena? ¿Tú hablas de pena? ¿Y yo, es que no te doy pena? Nunca, mamá. Nunca has derramado una sola lágrima por mí. Te conmueve más una princesita de cuento de hadas que tu propia hija, ¿te das cuenta? Cuánto te importó mi sufrimiento..” “Qué sabrás tú”, musitó. Noté enseguida que había dado donde más dolía. Nos conocíamos demasiado como para esconder nuestras heridas. Se levantó despacio y, evitando mirarme, pasó junto a mí y extendió una manta sobre las rodillas de la abuela. Luego se encerró en la cocina dando un portazo. Me quedé allí, en pijama, con el cordón umbilical por los suelos. Confundida entre un orgullo aún caliente y el poso amargo del remordimiento flotando en la conciencia. Entré. Mi madre, de espaldas, cortaba cebolla. No fui educada en el perdón, así que disimulé cambiando de tema...

- He dejado a Luis. Ayer.

- Ya...

- Han sido tres años ¿No vas a decirme nada? – tardó en contestar. Iba y venía de la nevera trayendo cosas para la comida de su madre.

Me lo imaginaba –dijo por fin -. A las niñas de mi generación nos decían que los hombres siempre se casan, pero las mujeres no. Nos enseñaron a no elegir; ahora tú tienes más suerte. Elige bien, es tu vida.

De pronto, al oír sus palabras, tuve el extraño vislumbre de una evidencia, la certeza  repentina e irrefutable de que en ese momento sólo nos teníamos la una a la otra, y esta idea desarmó  mi orgullo, esa máscara inútil de altivez y dureza que nos convierte en falsos héroes. Me acerqué y la besé. Mi gesto debilitó también sus defensas. Nos pusimos a pelar cebollas y así pasamos un tiempo, llorando juntas sin tener que dar explicaciones.

Recuerdo esa tarde como una de las más felices de mi vida. Dimos de comer a la abuela y después de la siesta mi madre bajó su caja de fotos. Nos reíamos de nosotras mismas al ver de nuevo nuestras fotografías de primera comunión: mi madre, con zapatos prestados y tirabuzones; yo, de encaje y con un diente mellado; las dos, con cara de falso recogimiento y piedad. Yo le desvelé un pequeño secreto de infancia: nunca llegué a tragarme la hostia consagrada, me la guardé en un bolsillo porque me resultaba repugnante comerme el cuerpo de alguien, por muy sagrado que fuera. Ella me confesó que al acercarse el cura, de la emoción, no pudo evitar orinarse encima.

Hacía años que no hablábamos. Las horas se nos fueron en un suspiro. Tras la ventana el sol se hundía en un crepúsculo panorámico. La noche nos sorprendió riendo. Propuse una celebración: arreglarnos para un baile sin príncipes ni madrastras. Por nada. Porque sí. Nos pusimos esos vestidos que reservábamos para quién sabe qué ocasión; en cualquier caso, una ocasión que nunca llegaba. Incluso maquillamos a la abuela. Siempre fue coqueta, al menos hasta que dejó de reconocerse en el espejo. En una gasolinera compré una botella de champán. Mamá descongeló langostinos. Encendimos una vela y pusimos música de los Brincos. Brindamos. Por nada. Porque sí. Porque estábamos vivas guardando la memoria de una anciana. Porque entre María y Magdalena, vírgenes o mártires, princesas o pobres huerfanitas, bellas o bestias, aún quedaba un sitio para nosotras, un tiempo habitable y por llenar entre el recuerdo y la espera.

Después de cenar mi madre sacó la caja de metal donde mi abuela guardó los recuerdos de toda una vida, los restos del naufragio que pudo salvar. Volvimos a leer algunas de las cartas que mi abuelo escribía desde la cárcel, destrozado más por el destino de su mujer –sola, con dos hijas pequeñas en un país en ruinas- que por su propia suerte; su foto de miliciana, con el puño levantado con la timidez de una recién estrenada libertad, el mono del trabajo de quién aún pensaba que la libertad se conquista con esfuerzo; el retrato de su marido con los dos hijos mayores una mañana en el Retiro de Madrid, un 14 de abril en que España se levantó republicana y la gente salió a las calles a sacudirse tantos siglos de polvo y miedo: allí estaba mi abuelo, bajo un castaño del parque, sobre un fondo de banderas y gente a la deriva en plena celebración, junto a sus hijos montados en un triciclo alquilado, los tres mirando a la cámara con la expresión inequívoca del que sabe que lo mejor está por venir. Todos han muerto. El más pequeño, durante la guerra; la niña mayor, dos años más tarde; a golpes en la cárcel, poco después, mi abuelo. Lloramos como dos tontas y esta vez sin cebolla como excusa.

Seguimos hablando hasta bien entrada la madrugada. Mi madre saldó unas cuantas deudas con la suya: la libertaria de la fotografía también le negó a ella su libertad; la revolución sexual se quedó en las consignas; cuando su hija tuvo novio, hasta un casto beso en la mejilla era un exceso imperdonable... No la culpaba, pero era su historia y su fracaso y renegaba de los cuentos de cualquier bando. Ni malas ni buenas, ni putas ni santas.

Supe también que las dos compartimos un mismo sueño: sentirnos queridas, aunque en los tiempos que corren comience una a creer que se trata de alguna inconfesable perversión sexual. Sí, definitivamente aquel día de septiembre de 1996  conocí a mi madre. La abuela sigue junto a la ventana del salón, bajo la claridad prometida. Mantenemos viva su memoria.

Tengo un proyecto entre manos: reescribir los cuentos de mi infancia. Dejé la academia. Mañana voy a una entrevista de trabajo. Me he acostumbrado a pintarme los labios y ensayar la mejor de mis sonrisas para agradar al inevitable hombre que desde la cumbre de su mesa y de su poder me recorre con la mirada pensando seguramente qué hago aquí, en qué trabaja mi marido o con quién habré dejado a los niños. He conocido también a muchas reinas de corazones que se lo arrancaban al entrar a su despacho. Da igual. Suponiendo incluso que este siglo de igualdad y emancipación femenina no haya sido una gigantesca estafa, no veo motivos para desesperarse. Miro a mi madre y a mi abuela y pienso que quizá vaya siendo hora de ponerse el mono de trabajo y no esperar regalos de nadie. Y si toca llorar, es bueno tener siempre un par de cebollas a mano, para no andar dando explicaciones.


(Notas...: Cenicienta, en una residencia para la tercera edad,  repite como una letanía la historia de un príncipe y un zapato de cristal mientras espera junto a la ventana la llegada de su hada madrina.)

Maria

La primera víctima de la guerra es la inocencia



Aquella acogedora casa que había sido escenario, no hacía mucho tiempo, de entrañables reuniones familiares; aquella sencilla casa que, en mitad de la ciudad, había sido un nido de felicidad y armonía, ya no era la misma. Ahora todo había cambiado. No había cortinas, pues la preciada tela con la que estaban hechas servía ahora de sábanas a los miles de heridos y enfermos que yacían por todos los rincones de la ciudad;...y aquellas enormes ventanas desde donde se divisaba la hermosa ciudad eran ahora solo un conjunto de vidrios rotos y sucios, y las pocas que quedaban estaban agrietadas o a punto de caerse. ¿Qué había pasado? ¿Sería tal vez que algunas personas no se daban cuenta de los errores ajenos o simplemente los ignoraban?

Una vez oyó decir:¡ Hay guerra!, y pensó; ¡ Dios mío! ¿Cómo puede haber gente tan desconsiderada como para creerse con el derecho de arrebatarles a los demás el tesoro más valioso que poseen? ¿Es que la vida de los demás no vale nada?

Unos meses más tarde, en mitad de un gran caos general, le hicieron cerrar los libros. Aún no era la hora de plegar, pero la puerta estaba llena de madres que empujaban buscando y llamando a sus hijos. De camino a casa comenzó a notar el extraño ambiente que se respiraba. Las calles estaban desiertas y los comercios habían cerrado. La situación era realmente alarmante. En la televisión aconsejaban no salir de casa y se veían imágenes terribles de muertos y heridos, imágenes de niños que lloraban, asustados, buscando a sus padres, imágenes de mujeres que corrían, desesperadas por todas partes, acarreando a sus hijitos muertos...

Por su mente pasaron miles de palabras en un momento, pero sólo se quedó con una: GUERRA.

A partir de aquel momento, tuvo que aprender el valor de las cosas que no había apreciado antes. A medida que pasaban los días, la injusticia y la crueldad se fueron apoderando de las calles. Comenzó a faltar alimentos y, más tarde, muchas otras cosas necesarias para vivir. Toda la felicidad se había escapado de sus manos sin darle tiempo para reaccionar....Alguien, sentado cómodamente en un despacho, había decidido por él el resto de su vida, había marcado su juventud sin pedirle permiso para hacerlo, había destruido familias enteras y había cambiado miles de vidas sobre las cuales no tenía derecho alguno...Alguien les había fallado a todos.

Afortunadamente todo acabó, sí, pero los meses de horror que vivió le hicieron más fuerte y firme. Y ahora cada vez que ve al hombre golpeando la piedra que hizo caer a su país, se da cuenta de que las cosas no se arreglan apagando el televisor cuando no nos gusta lo que vemos sino intentando buscar soluciones para evitar que otras guerras injustas sigan acabando con vidas inocentes.

By Maria

lunes, 6 de octubre de 2014

Puppets of the fate

Written by Maria 
Escrito por Maria 


It's too hard to pretend everything is going well when you feel how your soul is being crushed. You try not to think about it, closing your eyes and running away but you run up against an impenetrable wall. This is the only thing you can do it.You'd like to shout so loudly that your voice could reach the most hiddest place in this fucking planet...but you're just only a piece more of this endless puzzle. The truth is that it's not easy to walk along the fragile edge of this abyss: Life. When you think you see some small gleam of light, this one turns into a ghost, a thicket of shadows moving around and  vanishing like water on the sand through your fingers when you try to cath them...because, when all is said and done, we're are puppets of the fate.

Es demasiado duro pretender que todo va bien cuando sientes  que tu alma se hace trizas. Intentas no pensar en ello, cerrar los ojos y correr muy lejos pero lo único que consigues es estrellarte contra un muro impenetrable. Te gustaría gritar tan alto que tu voz alcanzara el lugar más alto de este maldito planeta...pero tan solo eres una pieza más de este interminable puzzle. La verdad es que no es tan fácil caminar por el frágil borde de este abismo: La vida. Cuando crees ver un diminuto destello de luz, éste se convierte en un fantasma, en una maraña de sombras que se mueven de un lado a otro y que se desvanecen entre tus dedos cuando intentas atraparlas...porque, como todo el mundo sabe, somos marionetas del destino.

sábado, 4 de octubre de 2014

CERRANDO VIEJAS HERIDAS, ABRIENDO NUEVOS CAMINOS

Escrito por Maria 


Hoy ha sido un día largo y agotador, como tantos otros, pero al fín llego a casa, abro la puerta y entro. La rojiza luz del atardecer penetra por los amplios ventanales y confiere al ambiente del piso una cálida y agradable tranquilidad. El dolor de cabeza que ha estado torturándome durante todo el día persiste, siento fatiga y me zumban los oídos. Cierro la puerta, me dirijo al lavabo, abro el botiquín y cojo de un frasco de cristal una pastilla que trago con asco. Luego me desvisto sin prisa, entro en la ducha y giro el grifo. Allí permanezco, bajo el agua caliente, envuelta en una espesa nube de vaho hasta que suena el teléfono y salgo precipitadamente de la ducha, pero cuelgan antes de que pueda llegar al aparato. Entonces me acerco a la ventana y dejo que los últimos rayos de sol sequen mi pelo; extiendo los brazos y bailo sin música. Después me siento en el suelo, cierro los ojos y trato de retener en mi recuerdo la imagen de la habitación, pero se vuelve cada vez más borrosa. Una grata sensación de abandono me embarga hasta el punto de dejarme arrastrar por el sueño, un plácido sueño que no acaba de llegar…
Mis pensamientos se agarran a una escena que pasó hace tiempo, mucho tiempo pero aún hoy puedo recordarla como si hubiera ocurrido ayer... ¿En qué parada de metro nos conocimos? En Universitat... o ¿fue en Passeig de Gràcia? No, fue en Universitat, línea roja. Yo me dirigía a la facultad, tú no sé dónde. Nos miramos y nos sonreímos, y ya en el cruce, cuando esperábamos a que el semáforo se pusiera en verde, me dijiste algo que no pude escuchar por el ruido de los coches que pasaban. Así que te lo hice repetir, y te dije que resultaba extraño encontrar a alguien dispuesto a perder un segundo de su preciado tiempo por sonreír a una desconocida... Bueno no éramos exactamente desconocidos, aunque pensándolo bien si que lo éramos. Yo no sabía nada de ti. Pero en cierta manera tú sí que sabías algo de mí. Yo no creía en las casualidades.
Entonces nada me pareció más importante que tu sonrisa. El corazón me dio un vuelco, sabía que estabas detrás mío, casi podía notar tu aliento en mi nuca. Me sentí admirada y dichosa y no quise fingir que tenía prisa. ¡Cuántos ángeles pasaron entre nosotros!. Te pregunté si habías sentido pánico alguna vez de perder lo que todavía no tenías? Y me respondiste que posiblemente sí, que eso mismo te pasó cuando viste que me alejaba y no hacías nada por impedirlo... De alguna manera supe a lo que te referías. Lo cierto es que algunas personas se pasan la vida esperando a que les llegue un momento así y cuando eso ocurre parece como si el mundo se detuviera en ese preciso instante, como si tan sólo existiera ese momento especial, la persona esperada y el que espera. Luego se mueren de miedo ante la posibilidad de perderla para siempre.
Por mucho que quisiera no podría adivinar cuántas veces el semáforo cambió de color aquel día... Perdimos la noción del tiempo y acabamos tomando un café al otro lado de la calle. Durante varios segundos una extraña sensación invadió todo mi cuerpo y me dejé llevar por tu sonrisa y el sonido de tu voz... Sin darme cuenta abandoné mi camino para recorrer el tuyo. No recuerdo exactamente qué hicimos esa semana, ni la siguiente... pero si sé que nos lo pasábamos bien juntos sobre todo riéndonos de la gente que paseaba a nuestro alrededor, imaginando cómo serían sus vidas...y si algo no nos gustaba, lo reinventabamos. A veces dejabamos que la lluvia nos mojara mientras corriamos a refugiarnos en algún portal... Fue allí, en uno de aquellos portales, donde por primera vez me soltaste un “te quiero” que, además de empapada, me dejó paralizada. No fui capaz de soportar el peso de tu mirada y bajé la mía temblando ante lo inminente. Un hormigueo se apoderó de mi estómago y ,de nuevo, me susurraste al oído algo que ya no pudé entender porque tus labios se encontraron con los míos.
Los meses siguientes se fueron esfumando con la misma velocidad con la que habían llegado... De ellos, mi memoria no pudo retener más que fragmentos, solo fragmentos: las olas chocando contra las rocas, el viento agitando las copas de los árboles, tú robándome un poco de amor y yo robándote un poco de soledad... Luego llegaron los días grises, los encuentros ocasionales, las noches frías y sin rumbo fijo durante las cuales recorrimos casi todos los pubs del Barrio Gótico, cuando no, los mismos lugares de siempre donde se reunía la misma gente de siempre compartiendo la misma rutina de siempre... hasta que una noche alguien, que solía moverse por el "Bronx", se nos acercó y nos contó, entre alcohol y humo, que era un adicto a las “golosinas”. Y yo pensé “Sí ¿y qué? A mí me apasionan los churros con chocolate y la coca-cola light y sin embargo no voy por ahí soltándoselo a desconocidos a la más mínima oportunidad”. Claro que entonces yo no sabía que aquel tío solía llamar “golosinas” al éxtasis. Era capaz de encerrarse en su piso con un montón de esas “golosinas”, poner la música a tope y pasarse allí días enteros sin salir al mundo exterior.

Me asustó la expresión de tu cara cuando alargó su mano para ofrecerte la oportunidad de experimentar nuevas sensaciones...Por un momento dudaste y luego me miraste a los ojos como esperando encontrar en ellos un gesto de complicidad que nunca llegó. Después te llevaste la mano a la boca y tragaste dos de aquellas pastillas. En aquel momento supe que ya nada sería como antes.
Al principio comenzaste pillando los fines de semana. Según tú te ayudaban a relajarte... Muchas veces quise decirte algo que te hiciera recapacitar y dejarlo a tiempo pero creo que, como siempre, llegué tarde, demasiado tarde. A los fines de semana se le sumaron los lunes, los miércoles y los viernes y cuando quisiste darte cuenta ya no podías vivir sin ellas.
A partir de aquel momento, las únicas cosas que conseguí de ti fueron gestos y caras de disgusto cuando no te gustaba lo que oías o no conseguías lo que querías. En cuestión de pocas semanas te convertiste en un ser egoísta y frío. A veces tu silencio me dañaba y no podía hacer nada para evitarlo. Muchas noches me quedaba despierta y te imaginaba subiendo a un expreso cuyo destino no tenía final. Poco importaba ya lo que yo pudiera hacer, incluso aunque adivinase lo que escondías tú te empeñarías en tergiversar mis palabras. En ese momento comencé a darme cuenta de que siempre fue así, de que nunca te importó lo que yo pensara. Intenté recordar lo que había sido relevante para ti: tu obsesión por alcanzar lo que jamás habías tenido y tu temor de perder lo que ya tenías y lo que no. Tal vez por eso te precipitaste y, sin pedirme permiso para hacerlo, pusiste condiciones a nuestra relación antes de esperar a que funcionase. Tú tomaste la iniciativa y, esta vez, yo no quise entrar en el juego... Lo que no se dobló, terminó por romperse. A medida que iban pasando los días me daba más miedo quererte, comenzaba a sentirme cansada, cansada de sentirme amenazada por el fantasma de la incomprensión, cansada de tanta oscuridad. En mi interior, una voz, casi imperceptible, me decía que ya era hora de tomar una decisión.
No fue fácil alejarme de tu lado como tampoco lo fue olvidar el poco tiempo que compartimos juntos mucho antes de que todo se nos escapara de las manos, o mejor dicho, antes de que todo se te escapara de las manos. Las primeras semanas fui incapaz de evitar que las lágrimas rodaran por mis mejillas incontrolablemente. Me pasaban los días, uno tras otro, pegada al teléfono, esperando una llamada tuya, tan solo una, pidiéndome que volviera contigo de nuevo...  Pero en el fondo algo me decía que nunca lo harías y continué ahogando mis penas en lágrimas y más lágrimas mientras mis amigos me decían, a modo de consuelo, que el tiempo lo curaría todo... Lo  que ellos no sabían es que en realidad, conforme pasaban los días, el dolor se iba haciendo más grande y fuerte. Pasados los meses, la herida seguía estando ahí, en lo más profundo del corazón y, con ella, el recuerdo del golpe que la originó... El tiempo era como un semidios con el que no se podía razonar y ante mi impaciencia respondía con la velocidad de un caracol.
Durante seis largos meses nos mantuvimos alejados completamente... y una noche recibí una llamada tuya, aquella llamada por la que tantas lágrimas había derramado... hasta quedarme seca. Por unos momentos, casi me hiciste dudar y por unos momentos casi estuve a punto de perderle a él. Sí, porque en esos meses, el destino puso ante mí a una persona maravillosa. Mi primer encuentro con él no fue tan espectacular como lo fue el nuestro pero su presencia me otorgó la fuerza suficiente para darme cuenta de que ya no sentía necesidad de saber de ti. Aún hoy, casi dos años después, sigo sintiendo esa misma fuerza en su mirada, limpia y sincera. En ella he encontrado todo aquello que no pude ver en la tuya: comprensión, ternura, complicidad y mucho más. Poco a poco, él ha sabido ganarse mi corazón con paciencia y yo he aprendido a quererle como se merece. Algo me dice que él es esa persona esperada, esa persona con quien compartir más que una alcoba y un par de buenos días, esa persona con la que no me importaría llegar al final de mi viaje. No tengo nada que perder excepto el tiempo y esta vez tengo todo el tiempo del mundo para no llegar tarde. Cuando vuelva a llover sobre mojado y nadie se atreva a decir qué pasará mañana, yo estaré allí para hacerlo. Porque mañana él y yo estaremos aquí, o quizá no, pero en cualquier caso seguiremos estando entrelazados para toda la eternidad, porque hemos reído y llorado juntos, y luchado con sinceridad y arrojo por la dicha compartida.

En el fondo, mis amigos tenían razón, el tiempo siempre termina curándolo todo...,y con el tiempo tu silencio dejó de hacerme daño.