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viernes, 5 de septiembre de 2014

Espejo trizado

Escrito por Alfredo
Rebeca era admirada en los medios publicitarios por el éxito obtenido en su corta carrera y por sus encantos naturales, sin embargo, no se conformaba con ello, el narcisismo excesivo le llevó a lograr la belleza que ostentaba libremente, con el rigor de un escultor perfeccionó su figura de contornos curvos ingrávidos, se empeñaba en mejorarlo todo, a base de ensayo logró la sonrisa monalisa, la práctica y las clases de modelaje le permitieron ese caminar elegante, como marchistas de flotantes pasos, escasamente permitía que el piso le acariciase los pies, cuando hablaba era un canto de sirenas cautivando oídos, el movimiento de las manos era delicioso y austero, no gastaba energía en movimientos bruscos.
Lo más llamativo en el rostro era sus generosos ojos lilas que regalaban pródigamente alegrías y emociones. Evidentemente los atributos eran demasiados para provocar admiración de los hombres y envidia en las mujeres, pero los vestidos entallados y cortos que mostraban sus largas piernas incentivaban los corrosivos comentarios del grupo de mujeres que laboraban en las oficinas del tercer piso del Edificio Versalles. El ejercicio lúdico al entrar al edificio le divertía, la satisfacción de ir dejando por los pasillos, elevados a rango de pasarelas cuando ella desfilaba, rostros agrios en las mujeres y serviles rostros en los hombres. Se dejaba adorar, al escuchar alguna galantería ingeniosa pagaba sobreprecio con una sutil sonrisa.
Durante una noche mientras realizaba la habitual rutina de cultivar ego y belleza descubrió una tenue mancha cobriza cercana a la comisura de los labios, era muy joven para manchas producto de la edad, para Rebeca el origen era lo de menos, la reacción de espanto y asombro fue desmedida, ante el impacto dejó caer el espejo rompiéndose en siete pedazos, para Rebeca era inadmisible esa pequeña imperfección, corrió al baño a lavarse el rostro nuevamente, tal vez desaparecería o tal vez otro espejo no le mentiría y le devolvería la imagen de su inmaculado rostro, todo intento fue inútil, persistía indeleble la mancha, regresó al cuarto en busca del celular para acordar una cita con el dermatólogo.
Aún fuera del acostumbrado equilibrio que le caracterizaba recogía el espejo quebrado, en realidad trataba de unir delicadamente las piezas como si de un rompecabezas se tratara, como si fuera la propia alma quebrada la que intentara unir, al terminar la obsesiva tarea atisbó tímidamente el trizado espejo, la desazón del gesto corroboró la presencia de su tormento y entristeció más, si ello era posible, el mismo espejo parecía entristecer solidario, limpió el pedazo que reflejaba la mancha y obstinada seguía ahí. Se le ocurrió la idea de cubrir la mancha en el espejo, recortó los labios de una revista en la que habían publicado su rostro como uno de los más exitosos del medio publicitario, y los acomodó cuidadosamente en el espejo trizado, el artificio resultaba ingenioso y ocioso, pero por lo menos le permitió dormir con menos pesimismo. 
Al siguiente día, despertó más temprano de lo acostumbrado y se miró al espejo. No estaba. La macula ya no estaba, fue una pesadilla tal vez, pero no, el trizado espejo en el piso con el recorte pegado le indicaba que había sido verdad, de rodillas nuevamente sobre el piso echo un vistazo al espejo y su limpio rostro se reflejó en él, Rebeca tuvo la extraña sensación de ver en el espejo una sonrisa que ella no esbozaba, el espejo se veía satisfecho como ella lo estaba, parecía decirle ¡lo hicimos!, se le ocurrió la bizarra idea de quitarle el recorte al espejo al regresar a casa por la noche. Así lo hizo e intento dormir en la noche más larga de vigilia esperando el resultado, como un deja vu, otra vez por la mañana frente al espejo viéndose la mancha en el rostro, otra vez de rodillas y apoyada sobre las palmas de la mano observando el espejo, otra vez la misma sensación al ver un ojo guiñado en el espejo, sin que ella hubiera hecho algún gesto.
No hizo conjeturas, esperaría después de la visita al dermatólogo. La respuesta del especialista hubiera sido preocupante bajo otras circunstancias, el que fuera una pigmentación natural como reacción a factores externos, -rayos UV, químicos en cremas y hasta en la alimentación, explicó el doctor-, no le incomodó, así que sin pensarlo soltó la pregunta que le carcomía la curiosidad, ¿Dr. Santos, puede una misma mancha aparecer y desaparecer a capricho?, interrogó Rebeca-. La negativa contundente, inquietó a Rebeca, el espejo trizado adquiría otro valor, anhelaba llegar a casa para plantear un nuevo reto al espejo, durante el transcurso del día los compañeros y proyectos del trabajo tuvieron que soportar su desconcentración.
Finalmente en casa se sentó frente al ordenador y se avocó minucia a buscar en la red el mejor acercamiento de los ojos de Bety Duvais, después de obtener una impresión recortó los ojos y los ajustó donde el espejo debía reflejar los suyos y esperar nuevamente que la noche y el espejo hicieran el sortilegio.
Que desconocido prodigio del espejo, enorme sorpresa, Rebeca amaneció con los ojos de Bety Duvais. No había duda, no había forma de negarlo, tuvo que admitirlo, se preguntaba como era que este espejo réplica del retrato de Dorian Grey había llegado a su poder. Pero en realidad el portento era mayor, no era el espejo el que se transforma mostrando las debilidades de Rebeca, era ella la que extraía del espejo nuevas características.
Durante ese verano la tarea más importante de Rebeca fue el rito nocturno de transformación al que cómicamente llamaba “síndrome”, así durante meses discurrió del síndrome de la nariz postiza de Miguel Jacksen, al síndrome de la cabellera de Farrita Boquitas, del síndrome de los labios de Angelita Solís, al síndrome de los ojos de Carmelita Miró. Lamentó que el espejo restringiera sus alcances a la cabeza, le hubiera gustado extender la diversión estival vistiendo las honestas caderas de Shaa kita o los falsos senos de Holywood. 
Hubo dos “síndromes” que debieron alertarla, el primero fue cuando adoptó el síndrome de la sonrisa infantil de Monona flyer, pues durante ese efecto hurtó artículos de una tienda departamental, la cleptomanía de Monona presente, durante la noche lo lamentó, pero entusiasmada con el habito olvidó el detalle, porque inconciente y deliberadamente iba a continuar dando vuelo a su narcisismo liberado; el segundo de ellos, hilarante, no logró prevenirla, debido a la obsesión de Rebeca por los ojos, quizá porque los de ella podrían rivalizar con los mejores, recortó los de un perro de la raza Husky Siberiano y al siguiente día además de adquirir el color enigmático en los ojos, en un par de ocasiones contrariada por alguna decisión soltó gruñidos ligeramente audibles disimulándolos con una sonrisa, pero la risa fue mayor al no lograr ahogar entre sus manos un ladrido al enojarse con un subordinado.
Ignorar los alcances de sus transformaciones, que iban más allá del físico abarcando también la asimilación de carácter, personalidad, vicios y enfermedades, le llevaron a una elección fatídica por Rita Heywork y debido a la belleza extraordinaria de esa mujer Rebeca mantuvo durante tres días ese síndrome, durante los dos primeros olvidó pequeños detalles, pero para el tercero aparecieron prolongadas lagunas de memoria, los recuerdos se le escabullían, había adquirido el Alzheimer de Rita, funesto resultó no percatarse de los detalles que pudieron evitar esta calamidad. Ahora era tarde.
Los recuerdos iban y venía, cuando volvían se cruzaban como ráfagas desordenadas, como cuando dicen que mueres y vez pasar rápidamente tu vida, y si ella moría lo hacia a pedazos porque los recuerdos eran parciales e intermitentes, en un momento de cordura preparó para el ritual el recorte de su rostro completo, quería olvidar la demencia de Rita Heywork que le hacia olvidar su propia vida, pero al asomarse al espejo ya no era Rebeca, ya no sabía de quien era el rostro que tenía en la mano y mucho menos sabía porque ese espejo trizado permanecía en el suelo y furiosa por reflejarle el rostro lleno de cicatrices arremetió frenética contra él hasta convertirlo en impalpable polvo de sílice y con ello Rebeca quedó atrapada irremediablemente en un personaje condenado a olvidarlo todo.

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