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martes, 25 de noviembre de 2014

Tumbas












Cuando recobré el sentido, traté de abrir los ojos. Pero no podía. Algo ejercía una tremenda presión sobre mis párpados e intenté ayudarme con las manos, pero éstas tampoco eran capaces de liberarse de aquel extraño peso. Finalmente, mi boca se abrió buscando dar salida a un grito de terror. Sólo que éste también quedó bloqueado cuando mi garganta se llenó de tierra húmeda. Ya no me fue díficil comprender lo sucedido. Alguien me había enterrado viva. Pataleé con todas mis fuerzas e hinqué mis uñas contra esa tierra llena de raíces que parecían alimentarse con mi propia sangre. El aire me faltaba pero, en los ocasionales huecos que lograba formar con mis desesperados movimientos, alcanzaba a dar una o dos bocanadas. Poco a poco, le fui ganando la batalla al improvisado sepulcro y, de pronto,  una de mis manos se cubrió de lluvia  y ya no tardé en dejar que la tormenta limpiase mi rostro resquebrajado por el terror. Como una criatura de pesadilla, abandoné mi tumba y nací de nuevo al mundo. Sólo que no lograba saber si aún estaba viva o no era ya nada más que un triste espectro demasiado confundido. Sin embargo, recordaba. No sabía quién me había atacado algunas horas antes al salir de mi trabajo.
  Recordaba las pisadas que comencé a escuchar en el callejón donde solía aparcar mi coche, y también tuve tiempo de volverme. Un tremendo golpe me arrojó contra el suelo. Fue allí, con mi rostro hundido en un charco que muy bien hubieran podido formar mis propias lágrimas, cuando mi agresor dio por terminada su tarea. Era incapaz de determinar quién había sido el culpable de tan macabra actuación. Pero tenía dos candidatos a los que apostar sobre seguro: o mi marido o su amante. Finalmente, uno de los dos se había cansado de mis esfuerzos por evitar que continuaran viéndose y decidió que la mejor manera de romper esa barrera era arrojar mi cuerpo aún vivo en una tumba donde nadie pudiera encontrarme... ¿Pero quién de los dos había sido? Me concentré en recordar todo cuanto pude de los instantes anteriores a ser enterrada.
  Semiconsciente por momentos, algunas imágenes y sonidos habían quedado grabados en mi memoria: un entramado de ramas negras, en una de las cuales, un cuervo parecía graznar; las dos manos que me sacaron fuera de un coche y que me arrastron durante un largo trecho por una superficie embarrada; el sonido nítido y aterradoramente preciso de una pala clavándose en la tierra; un gemido de sexo indescifrable quizá provocado por un resbalón; el ruido del maletero al cerrarse...
  De nuevo esa certeza de que no era mi coche, de que no podía ser el mío, al tiempo que una paletada de barro iba a caer sobre mi rostro como preámbulo a lo que me esperaba; la fuerza de esas dos manos sobre mis piernas arrastrándome de nuevo hasta dejarme caer en el nicho...
  Todo eso recordaba y, de hecho, por esas cosas pude saber la autoría de mi frustrado asesinato. Fueron los dos. Mi marido y su amante habían decidido aunar fuerzas para suprimir el obstáculo que yo representaba. Lo hicieron juntos... Aunque siempre sospeché de él tampoco me extrañó la participación de su amante. Establecí que los dos habían sido cómplices y autores materiales del asunto por un simple detalle. Mientras  estaba tirada en la tierra esperando ser arrojada a mi tumba, dos sucesos ocurrieron de forma simultánea: por un lado, alguien cerró la puerta del coche, del cual yo estaba bastante lejos, justo en el momento en que una paletada de barro cayó sobre mi rostro. Dos acciones a un tiempo, dos personas ejecutándolas.
  Poco a poco logré sentirme menos aterrorizada y aunque la asfixia pasada aún hacía estragos en mi ánimo pude ponerme en pie y dar gracias al cielo por aquel inesperado presente. Y no me refiero al hecho de haber sobrevivido al intento de asesinato sino a algo mucho más práctico y sencillo. Agradecí a los amantes haber hallado un lugar donde nadie buscaría un cádaver. Ni a dos tampoco. Un sitio perfecto para morir vivos.

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